—Pero no me abandoneis; exclamó con ansiedad.

—Pues es preciso que os abandone por un momento, amigo mio, dijo la princesa; han llamado á la puerta de la habitacion: oíd, vuelven á llamar.

—Id, id, pues, señora, dijo Cisneros, llevando dulcemente la mano de la princesa á sus labios y besándola.

Angiolina solo castigó aquel atrevimiento retirando bruscamente su mano de la de Cisneros, y separándose del lecho sin pronunciar una palabra.

Cisneros vió que la princesa atravesó rápidamente la cámara y salió por una puerta del fondo.

—¡Ah! pensó Cisneros, dejando caer sobre la almohada la cabeza que habia levantado para seguir con la vista á la princesa; padezco horriblemente: mi cabeza se desvanece: siento irritada la herida: esa mujer me ha obligado á hablar: no, no ha sido ella la que me ha encontrado en la calle: los hombres que fueron á buscarme, iban sin duda enviados de intento: ¡yo no pude conocer al hombre que me hirió! los pasos en que ando con el príncipe don Cárlos son peligrosos: ¿quién sabe lo que significa el encontrarme en casa de la princesa? Esta puede ser una buena aventura, si mi herida no es peligrosa: es verdad que hace mucho tiempo que esa mujer me enamora; pero ella amaba.... estaba loca por el marqués de la Guardia.... y hace un momento que, á pesar de sus palabras decorosas, parecia enamorada de mí... ¡ah! mis pensamientos se embrollan. Es necesario que me tranquilice.... ¡Ah! ¡ah! no pensemos en nada.... esperemos.

Cisneros procuró detener su pensamiento, pero esto era imposible. La fuerza con que su pensamiento se agitaba influyó al fin de una manera poderosa en su físico y se desvaneció de nuevo.

CAPITULO XIV.

De cómo la princesa descubrió que era mas fácil su venganza que lo que habia creido.

—¿Y bien, qué has hecho? dijo Angiolina á Bempo, al que encontró en el huerto.