—Os he hablado de un servicio, excelencia.
—¿Te queda algo que decirme?
—Si, por cierto; y algo que daros: algo que os llenará de placer.
—Estás abusando del predominio que crees tener sobre mí, porque posees un secreto mio, Bempo, y me impacientas, y mas pareces mi señor, que mi criado.
—Bien sabeis, Angiolina, que ese secreto no ha salido de mi pecho, y en cuanto á lo de impacientarse, no sé cuál de los dos se impacienta mas. Pero concluyamos. Cuando acometimos el marqués, en el momento en que este, con una vigorosa sacudida, se libertó de nuestras manos, dejó caer al suelo un papel que le habia dado cierta dama: yo tuve tiempo de recoger el papel, mientras el marqués se defendia, ó, mejor dicho, obligaba á defenderse á mis tres camaradas: ese papel está aquí.
Y Bempo entregó á Angiolina un papel arrugado.
—¿Y qué esto? dijo la princesa.
—Leedlo, excelencia, leedlo y comprendereis cuanto vale el papel que os entrego. Vale mas que el marqués para vos: mucho mas, porque ese papel es vuestra venganza.
—¡Mi venganza!
—Sí, porque ese papel es la deshonra pública de la duquesa de la Jarilla: deshonra confesada por ella misma: una revelacion terrible escrita de su mano.