—No señor. Los cuatro monfíes se despidieron del hombre que los habia buscado, y que les encargó el secreto, y Farrix vino á avisarme.
—Paréceme que tú has creido esa impostura, Harum, dijo el emir fijando en su confidente una mirada intensa.
—Hace tanto tiempo señor que te persigue la desgracia....
—Pero la desgracia ha respetado hasta ahora mi honra, Harum. No adivino la causa; pero deben haber comprado á esos miserables para que me hieran en lo mas profundo de mi alma... en mi hija... acaso la princesa..... pues bien.... es necesario que esos cuatro hombres no hablen.
—No hablarán, señor.
—Pero es necesario evitar escándalos. Envíalos á las Alpujarras, y avisa para que cuando lleguen...
—Muy bien, señor.
Quedó profundamente pensativo Yaye durante algunos segundos.
—Creo que la princesa Angiolina se vale para todos sus asuntos, de una especie de bandido romano.
—Si señor.