—¡Oh, gracias! comprendereis, pues, que yo ame á mi esposa.
—¡Oh! lo comprendo demasiado, dijo Yaye con acento frio. Como que yo tambien, por mas que no se lo haya dicho, la amo... ¡oh! perdonad, pero vuestra esposa, príncipe, es muy peligrosa.
—¡Ah! ¡si! dijo con una perfecta impertinencia Lorenzini; mi esposa tiene por destino el estar siempre rodeada de adoradores... lo que me llena de orgullo, os lo aseguro; ¿pero qué deciamos?
—Deciais que os agrada sorprender á la vuelta de vuestros viajes á vuestra esposa.
—¡Ah, si! por lo tanto siempre cuido de proveerme, á hurto, como si se tratara de un ladron, de una llave de cierto postigo. Segun mi costumbre, tomé el camino de mi casa, entré en ella furtivamente; adelanté por una y otra habitacion de un piso bajo, y en una de ellas ¿qué creeis que encontré?
—Una singularidad de esas á que se exponen los maridos que gustan de sorprender á sus mujeres.
—En efecto, encontré una singularidad de bulto: un hombre herido en un lecho, según supe despues, y á mi esposa, bellamente ataviada, sentada junto á la cabecera de aquel lecho, y durmiendo sobre la almohada.
—¡Ah, ah!
—¿Y qué creereis que hice yo?
—Indudablemente os fuisteis de puntillas para no ser sentido.