—Caricias de hermano y hermana. Un abrazo, un beso en la frente, hé aquí todo.
—Con que ¿segun eso, no conoceis la historia de vuestra esposa?
—Sé la verdadera, pero ignoro la que puedan atribuirla.
—Pues os voy á contar esa historia, verdadera ó falsa, y despues os contaré... la vuestra dia por dia, hora por hora.
—Os escucho, y si la historia es ingeniosa, os agradeceré el cuento... pero os pediré tambien que me reveleis el nombre de quien la ha inventado.
—Os lo diré antes, porque no me gustan las historias en cuya primera hoja no va el nombre del autor. Muchas veces por el nombre del autor se juzga de la historia, y si este nombre es bueno poco importa que la historia sea mala. El autor de las dos que voy á referiros, es el mejor autor de historias que conozco, porque su autor es Dios.
—¡Ah, Dios!
—Dios, ó lo que es lo mismo, la fatalidad.
—Pues empezad y juzguemos del ingenio de Dios.
—Permitidme: todas las historias tienen un prólogo.