—¡Bah! no conoceis la historia de Angiolina... de Angiolina á la que yo saqué de un convento para hacerla mi esposa.

—Pues ved ahí; Angiolina Visconti se jacta con sus amantes, ó por mejor decir, con su único amante, de que si bien sois su esposo, no habeis sido nunca su marido.

—¡Ah! eso lo digo yo por todas partes; yo he preferido la ansiedad del deseo que no se satisface, al hastío del deseo satisfecho... y luego... ser esposo de una mujer jóven, de brillante hermosura y vírgen...

—¡Vírgen! exclamó profundamente Yaye.

—Yo gozo con lo extraordinario. Mi vida toda es una cadena de sucesos extraordinarios.

—Demasiado extraordinarios, príncipe.

—Es que vos no sabeis mi historia.

—Acaso, acaso. Acaso tambien sepa la de la princesa.

—La historia de mi esposa es muy sencilla. Una vida de diez y seis años en un convento. Despues diez años de matrimonio puro, sencillo, casto, de un matrimonio, como de seguro no ha habido, ni hay, ni habrá dos en el mundo.

—Sin embargo, hablais de las caricias de vuestra... mujer.