—Veamos si valeis lo bastante para que yo os dé mi hermana.
—Yo me llamo Paolo Visconti, dijo con orgullo el coronel de suizos del papa.
—Sé quien sois y me convenís, como hombre valiente y arrojado: porque me convenís, os daré mi hermana, si la mereceis, y lo que vale infinitamente menos que ella, tesoros inmensos. Veamos si la amais.
—Indicadme vuestras condiciones.
—Vos me habeis dicho vuestro nombre, justo es que yo os diga el mio: me llamo Giussepo Laurenti.
Visconti dió un paso atrás asombrado: el misterio de la procedencia de Fioreta se desenlazaba de una manera inesperada. Quien protegia á la jóven, quien tenia sobre ella derechos indudables, era Laurenti, el terrible bandido; el hombre á quien la justicia del papa no habia podido castigar; el gefe de los invisibles que tenia cubierta de espanto la campiña de Roma. Esto, por otra parte, explicaba las inmensas sumas que se invertian para poner á Fioreta á mas altura que la mas rica é ilustre dama romana.
Hubo un momento de silencio.
—Paréceme que os falta valor, caballero Visconti, dijo sombriamente Laurenti.
—No, no me falta valor, pero explicadme, aclaradme: vos sois hermano de Fioreta, pero, ¿quién es vuestro padre?
—Ved que cuanto mas os revele, mas grave será el peso del secreto que habeis de guardar, so pena de vuestra vida.