—No importa. Hablad.

—Mi padre se llamaba Andrea Alberti.

Dió otro paso atrás Visconti. Laurenti habia pronunciado el nombre de otro terrible gefe de bandidos.

—No os asombre esto, dijo Laurenti; hace mas de dos siglos que mi familia viene reinando de generacion en generacion sobre la campiña de Roma. El padre educa al hijo, y el hijo hereda al padre; nada mas natural.

—¡Pero la madre de Fioreta!...

—Aumentemos la suma del secreto si os place. La madre de Fioreta era una dama romana.

—Su nombre.

—Lo ignoro yo mismo. Mi padre al encargarme de la suerte de Fioreta, me dijo solamente: su madre era una mujer casada; una hermosa é ilustre dama. Yo la juré guardar como un depósito sagrado su honor, y muero con su secreto. Pero á mas de guardar su honor, la juré proteger á nuestra hija y hacerla feliz. Fioreta puede elegir libremente el claustro ó el matrimonio, pero si eligiese este último estado, no será su esposo sino quien sea bastante valiente y arrojado para partir con nosotros los peligros. Ahora, bien, caballero Visconti, ¿amais bastante á Fioreta para abandonar por ella vuestro baston de mando, vuestra hermosa banda de coronel, y cambiar vuestro nombre de caballero en un nombre de bandido?

—¿Es esa vuestra resolucion irrevocable?

—Es la voluntad de mi padre, á la que no faltaré en una sola palabra.