—Pues os juro que Fioreta será mia á pesar vuestro.

—Peor para los dos si eso sucede, dijo lacónicamente Laurenti.

—Adios, pues, rey de la campiña de Roma.

—Adios, señor coronel de los suizos del papa: pero escuchad antes una palabra: me conoceis y todos los dias me estrechais la mano y me pedis por la salud en la córte de su Santidad. Adonde jugais, concurro; en donde bebeis, bebo; lo que hableis resonará en mis oidos, porque soy uno de vuestros mayores amigos. He observado, que hasta ahora no habeis hablado ni una sola palabra con nadie acerca de vuestras pretensiones hácia Fioreta, y que no habeis mostrado ni una sola carta suya. Seguid siendo prudente. Os lo aconsejo, en ello os va la vida. Adios.

—Esperad.

—¿Qué quereis?

—Me habeis dicho que os conozco.

—Es cierto.

—¿Que sois uno de mis mayores amigos?

—Por tal me teneis.