Visconti era un hombre que no temia al cielo ni al infierno, y esta amenaza lo irritó: acontecia ademas, que, como su amor hácia Fioreta no habia sido mas que deseo y empeño, satisfecho el deseo, hastiado de la pobre jóven, necesitó satisfacer su vanidad de libertino, publicando su victoria sobre aquella mujer que habia resistido las pretenciones de los hombres mas peligrosos. Esta vanidad infame fue desarrollándose en él, y al fin, un dia, en una casa de juego, con ocasion de ponderar un nuevo enamorado los desdenes de Fioreta, dijo:

—¿Qué apuesta quereis hacer conmigo, señores, acerca de esa mujer?

—¿Pretendeis acaso haceros amar de ella? dijo un jóven caballero muy amigo de Visconti, llamado Marco Antonelli.

—No, no pretendo hacerme amar de ella, dijo Visconti, porque es mi querida.

—¡Vuestra querida! exclamaron asombrados los circunstantes.

—¡Vuestra querida! exclamó soltando la carcajada Marco Antonelli.

—Os reis de un modo muy impertinente amigo mio, dijo Visconti picado por la hilaridad de Antonelli.

—¿Pues no quereis que me ria? Mientras no nos presenteis pruebas de vuestro dicho me reiré.

—Es que pudiera suceder......

—No debe suceder nada dijo, sin afectarse en lo mas mínimo Antonelli; si esa mujer es vuestra querida, no merece ser la causa de un rompimiento entre dos amigos, y si no lo es, mereceis en castigo de vuestra mentira que nos riamos de vos.