Instantáneamente, aparecieron saliendo de detrás de cada árbol una multitud de hombres cubiertos con antifaces y armados de arcabuces.

Aquellos hombres rodearon al coronel de los suizos del papa.

—Guiad á ese caballero hasta la salida del bosque, dijo Laurenti á sus bandidos, perdiéndose en la espesura. Hasta mañana, caballero Visconti.

Vióse este obligado á ceder, y rodeado de los bandidos, llegó hasta la salida del bosque, y desde allí ganó la vía Apia y entró en Roma.

En vano durante muchos dias buscó Visconti entre sus numerosos amigos, uno que le presentase ni el mas ligero indicio del terrible bandido romano. Creyó al fin, que aquello habia sido una amenaza y una burla, y dejó de desconfiar de los que le rodeaban.

En cuanto á Fioreta, su amor, ó por mejor decir, su empeño, se aumentó en proporcion á las dificultades. Habian cambiado una y otra carta, pero en ninguna de las suyas habia indicado Visconti á Fioreta lo que sabia acerca de su orígen.

Si las dificultades irritan al hombre, puede decirse que irritan infinitamente mas á la mujer. El amor de Fioreta se exaltó, y concedió á Visconti lo que siempre se habia negado á concederle: esto es, hablar con él en las altas horas de la noche por las ventanas de su casa. Visconti, despues de su primera entrevista de este género con Fioreta, esperó que se revelase de cualquier modo, sino la venganza, la cólera del terrible Laurenti: pero pasaron muchas entrevistas del mismo género, y ni recibió una sola carta, ni el mas leve aviso.

Visconti empezó á burlarse para sus adentros del Rey de la campiña, y le despreció del todo cuando, enteramente rendida Fioreta, le concedió lo último que podia concederle: su posesion completa. Todas las noches, una escala llevaba á los brazos de Fioreta al afortunado Visconti, y el terrible bandido, el hermano protector, permanecia mudo.

Sin embargo, un dia, encontró Visconti sobre la mesa, y sin que nadie la hubiera llevado, otra carta que contenia las frases siguientes:

«Todo lo sé. Gozad en secreto de vuestra felicidad, y haced feliz á mi hermana, pero, ¡ay de vos si por un accidente natural, ó por una villanía vuestra, se hace pública su deshonra! ¡ay de vos, y ay de ella! Laurenti.»