—Todos lo sabemos.

—Sabeis á donde caen las ventanas de sus habitaciones.

—Todos la hemos visto alguna vez en ellas.

—Pues bien: si esta noche á las doce, al hacer yo una señal veis que se abre una ventana de las habitaciones de Fioreta; si la veis á ella misma salir á aquella ventana, y arrojarme una escala; si despues me veis trepar por ella, recibirme Fioreta en sus brazos, retirarse la escala y cerrarse silenciosamente la ventana ¿creereis.....?

—Creeremos que Fioreta es vuestra querida, y os envidiaremos Visconti; pero habreis ganado la apuesta.

—Si, si, habreis ganado la apuesta dijeron todos.

En efecto aquella noche se hizo la prueba: los amigos de Visconti ocultos en la sombra, le vieron entrar en las habitaciones de Fioreta. Al dia siguiente todo el mundo supo en Roma que Fioreta era la querida de Paolo Visconti.

Sin embargo el terrible bandido de la campiña permaneció mudo: pasaron dias y dias hasta uno en que tuvo lugar un acontecimiento que heló la insolente risa de la infamia, en los labios del seductor de Fioreta.

El suceso á que me refiero pasó de la manera siguiente:

Era una hermosa tarde de mayo. Angiolina Visconti habia expresado á su padre el deseo de dar un paseo por la campiña; Visconti hizo preparar una carroza, se disculpo con su hija por no acompañarla, y Angiolina salió de Roma, acompañándola solo en el exterior el cochero y dos lacayos.