Caminaban lentamente por la via Apia: Angiolina, cuya alma aspiraba ya ese amor vírgen que es el sueño de la adolescencia de las mujeres, Angiolina inocente y pura, miraba con delicia el hermoso cielo de Italia, perdiéndose tras los horizontes azules, y la árida campiña por medio de la cual arrastra su turbia corriente el Tiber.

Descendia el sol al Occidente; el dia iba perdiéndose en ese poético tinte del crepúsculo vespertino tan bello y tan diáfano en la primavera de los paises meridionales, y una dulce melancolía inundaba el alma de la jóven, cuando la carroza se detuvo de repente y uno de los criados asomó á la portezuela.

—Si adelantamos mas excelencia, dijo el lacayo, se nos echará la noche encima antes de que lleguemos á la ciudad, y no es prudente......

—Seguid, seguid, dijo la jóven, que de lo que menos se acordaba entonces era del terrible Laurenti ni de los bandidos.

La carroza siguió adelante: muy pronto, traspuesto enteramente el sol, empezó la noche á invadir el opuesto horizonte. Angiolina entonces sintió un vago temor y mandó al cochero que se volviera.

Volviéronse en efecto. Roma se veia á lo lejos perdida tras la vaporosa neblina, y quedaba mucho camino que andar para llegar á la ciudad.

El cochero azotó á los caballos que partieron al galope: á pesar de esto era ya de noche y quedaba mucho espacio para llegar á los arrabales.

De improviso el coche se detuvo, y antes de que Angiolina pudiera preguntar la razon, se abrió la portezuela y entro un hombre, vestido enteramente como los aldeanos de la campiña, y cubierto el rostro con un cumplido antifaz: aquel hombre llevaba á la cintura un puñal y un par de pistolas.

Angiolina solo tuvo tiempo para oir que aquel hombre decia:

—¡Al bosque!