Visconti dió un paso atrás helado de espanto.
El hombre que tenia delante pidiéndole la honra de su hermana era uno de sus mayores amigos.
—¡Marco Antonelli! exclamó.
—No, Laurenti el bandido, Laurenti, que se venga, destrozándote el corazon, deshonrando á tu hija, como tu se lo has destrozado, desonrrando á su hermana: ahora defiéndete, infame, defiéndete por que entre nosotros se ha colocado tu infamia y no puede haber mas que odio y sangre entre los dos.
Al dia siguiente se encontró junto al Coliseo el cadaver de Paolo Visconti atravesado á estocadas, y sobre él un cartel en que se leia en letras enormes:
«Laurenti, hermano de la hermosa Fioreta ha hecho este cadáver.»
La casa en que habia vivido Fioreta estaba completamente abandonada.
¿Y sabeis vos príncipe, dijo Yaye, mirando profundamente á Lorenzini Maffei lo que se hizo de la pobre Fioreta?
—¡Qué! ¿no lo sabeis? dijo con la mas ingénua curiosidad el príncipe; pues ved ahí que falta á vuestra historia una noticia esencialísima.
—Lo que fue de Fioreta no lo sabe nadie, porque Laurenti á nadie se lo dijo.