—El rey lo manda, hermosa señora, dijo con galantería el marqués, y me veo en la dolorosa pero imprescindible necesidad de prender á vuestro esposo.
—Pues os desafío á que le prendais, dijo riendo Angiolina: aunque trajerais con vos, señor don Luis, todos los ejércitos de su magestad, seria imposible prenderle.
—¡Imposible porque le guardais vos! dijo sosteniendo su galanteria el marqués.
—Yo soy muy débil guarda contra el rey, dijo Angiolina, pero la imposibilidad de que prendais á mi esposo consiste..... en que no está en España.
—¡Oh! ¿no está en España el señor príncipe?
—No, no por cierto; está en Venecia, donde procura porque la república me devuelva los bienes que en otro tiempo confiscó á mi padre.
—¡Ah! ¿con que el señor príncipe está en Venecia?
—Ni mas ni menos, y en prueba de ello, ved, ved una carta que acabo de recibir de él.
—¡Ah! basta vuestro dicho, señora, dijo el marqués rechazando noblemente una carta que Angiolina habia tomado de encima de una mesa. Ademas, no conozco la letra ni aun la persona de vuestro esposo.