—Si unidos á los monfíes de la montaña logramos apoderarnos de Granada y poner en armas la tierra desde Almería á Gibraltar; si vencidas, como es de esperar, las armadas de Venecia, puede el sultan enviarnos sus galeones, y sus taifas, que haran innumerables las taifas berberíes, España volverá á ser nuestra como lo fue en tiempos de Muza y de Tarik, y ¡ay entonces de la infame Europa! la palabra de Dios llevada adelante por las espadas del Islam, llenará la tierra desde el Oriente á las mas altas regiones del Occidente, mas allá de los grandes mares, y desde el Mediodia al Septentrion; hasta los eternos hielos.

—Cúmplase la voluntad de Allah.

—Y se cumplirá, asi está escrito: ¿no crees tú en lo que revelan esas palabras de luz que se llaman estrellas?

—La carta que me has dado dice que eres sabio y astrólogo: solo Dios sabe lo oculto, y él lo revela á sus escogidos. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!

Hubo un momento de silencio.

—¿Quién te ha dicho que me busques? preguntó al cabo el ermitaño que no confiaba mucho en Abul-Hhassam.

—El emir de los monfíes.

—¿Y dónde has visto al emir?

—En las Alpujarras.

—¿Cuánto tiempo hace?