—Eso es. Cuando llegó la compañia de cómicos á Granada, como aquí es donde se han hecho siempre las farsas y los entremeses y los bailes, el autor de la compañia, el buen Godinez, me llamó aparte y me dijo: maese Pertiñez, me han dicho que vos sois el vecino mas honrado del corral; que haceis en él cabeza y que los otros vecinos van por donde vos querais que vayan: ahora bien, segun costumbre, para hacer aquí farsas y otros autos, es necesario pagar tantos reales á la hermandad de las Animas, otros tantos á la Ciudad, cuyo es el corral, y otros á los vecinos por el ruido.—Asi es, le contesté, porque asi era la verdad.—Ahora bien á mas de eso hay que alquilar tablado y tapices y músicos.—Con los músicos corro yo, le contesté.—Corred vos con todo, me dijo; haced que los vecinos nos alquilen las ventanas en un precio arreglado para que nosotros podamos revenderlas al público con alguna ganancia; quedaos con las vuestras que yo os aseguro las podreis alquilar á buen precio, porque la compañía es muy buena y hará ruido, y vos ganareis, y yo ganaré y todos ganaremos.
—¿Sabeis maese que para contestar á una pregunta, hablais mas palabras que las que tiene un misal?
—¿Que quereis? yo no sé dar razon de las cosas sino empezando por su principio, y asi se entera bien el que pregunta y queda satisfecho el que contesta. Como decia, tira de aquí y afloja de allá, ajustamos el negocio el autor de los cómicos y yo; por mis conocimientos, que son muchos, y todos por mi navaja, logré que el hermano mayor de las Animas se contentase con tres reales por cada funcion, que la Ciudad perdonase su parte, y que los vecinos por el ruido y el alquiler de las ventanas no pidiesen mas de veinte reales. En cuanto el trato estuvo hecho, el autor colgó un lienzo con pinturas extrañas y vistosas en la puerta del corral, y el bobo de la compañia, tocando el tambor, se puso á gritar y anunciar al público la primera funcion. Como hacia mucho tiempo que no habian venido á Granada comediantes, se dieron de ojo á pedir aposentos y sitio para las sillas, y aunque el corral hubiera sido como Bibarrambla, tantas sillas vinieron que no quedó lugar para la gente de á pié.—Yo, que al principio vi la bulla, me dije: tengo tres ventanas que vender, las mejores, porque yo he tenido mucha cuenta con que el tablado se haga cerca de mi ventana: si las vendo al principio ganaré mucho menos, pero no si me quedo para lo último cuando ya todo esté vendido: y dicho y hecho; me salió mejor la cuenta de lo que yo esperaba.
—Debeis descender de judios, maese Pertiñez...
—Vos podeis decirme todo lo que querais, señor Diego Lopez, seguro de que no me he de ofender. Pero vamos al asunto: ya era por la mañana del domingo en que habia de hacerse la funcion y como á las siete, he aquí que se encaja de rondon en mi casa Ballestilla, el paje de doña Inés, y me dice que su señora quiere ver la funcion y que cuenta conmigo para que le procure un aposento.—Yo le digo que no hay, que seria necesario pagar mucho para lograr que alguno lo cediese por codicia.—Y no hay cuidado por el dinero, me dice el paje poniéndome un bolsillo en la mano.—Dígole que vuelva pasada media hora á saber la razon y cuando vuelve le llevo á mi primera ventana desde la que puede tocarse casi con la mano al tablado:—Todo esto está muy bien: pero mi señora quiere un balcon.—Aquí no hay balcones.—Ya veo que todas son ventanas, pero habiendo dinero, madera y carpinteros todo puede hacerse.—Consiento y Ballestilla parte como un venablo, y á poco vuelve con carpinteros y madera, y en un santiamen hacen el mirador que habeis visto desnudo á un lado de mi casa: luego le vistió de tapices y he aquí un aposento tan bueno como el del rey. El mirador se hizo en una hora. Entonces yo me dije para mí: hijo de cristiano soy, gusto tengo como el que mas, vendamos la ventana segunda, y hagamos en la tercera otro mirador, y no faltarán muchos de mis parroquianos entre ellos el capitan don Juan Coloma, que me paguen bien y sobradamente por ocupar un puesto en mi aposento: manos á la obra: á la una estaba ya todo concluido y empezó á entrar la gente. Ved ahí como he podido ver tres veces y en mi casa á doña Inés de Fuensalida... ¡y qué talante el de doña Inés...! os aconsejo señor Diego Lopez que antes de dar ningun paso acerca de vuestra casa, os espereis á conocerla.
—Me urge maese, me urge, y no estoy de humor de amoríos ni de galanteos... no me pesa por otra parte que me hayais dado algunas noticias de esa familia; bueno es saber con quien se trata; asi pues ireis y direis á ese caballero...
Interrumpió en aquel momento á Aben-Aboo el rechinar de la puerta de la habitacion en que se encontraban y abriéndose aquella entró un hombre como de veinte y cuatro años con librea de paje de casa noble, y al ver á Aben-Aboo, se quitó respetuosamente su gorra.
—¡Ah! ¡mil perdones! dijo, yo creia que estábais solo, maese Pertiñez.
—¡Ah! es el buen Ballestilla, dijo el barbero; que me place. Se no os venís como llovido del cielo; he aquí al señor Diego Lopez, el dueño del palacio que habitan vuestros amos: y que en este momento...
Ballestilla interrumpió providencialmente al barbero cuando este iba á decir, por quitarse el muerto, la pretension de Aben-Aboo de que sus inquilinos dejasen la casa.