—Tendré la honra de decirlo asi á mis señores, señor hidalgo. Mis señores se sientan á la mesa á las doce.
—No faltaré.
—Permitidme que diga dos palabras á maese Pertiñez.
—Decidle cuantas gusteis.
Ballestilla sacó de su bolsillo una bolsa de seda y la entregó al barbero.
—A las dos, ya sabeis, le dijo, tened dispuesto el aposento, poned una silla mas: es decir tres sillas.
—No haré falta, señor Ballestilla.
—Y adios señor hidalgo, añadió el paje inclinándose profundamente ante Aben-Aboo; adios maese Pertiñez.
Y se dirigió á la puerta volviéndose antes de salir para saludar otra vez á Aben-Aboo.
—¿Y deciais, exclamó el morisco cuando quedó solo con el barbero, que los servidores de ese don Alonso de Fuensalida eran zafios y montaraces?