—Pues me parece que el milagro lo tenemos hecho y á poca costa.
—¡Cómo! ¿habrá un sastre que haga en dos horas esas prendas? ¿habrá un armero en Granada que tenga daga y espada como las que yo necesito?
—Estoy mirando que sois de la misma estatura y de las mismas carnes que un amigo vuestro que no está lejos y que por mas señas está ahora mismo alborotando por ciento.
—¡Cómo! ¿el capitan don Juan Coloma?
—Ciertamente. El os puede proveer de cuanto necesitais y asi como asi le haceis un favor.
—Don Juan es un loco, que jamás posee un escudo y fuera maravilla que tuviera prendas como las que necesito.
—Don Juan es un hombre de suerte: es cierto que gasta como el fuego; pero cuando ha gastado su último real he aquí que sin saber como, se le vienen mil á las manos. Ademas es jugador y le sucede como á todos los jugadores: arca llena y arca vacía; cuando tiene una buena entrada provee sus armarios, y se presenta relumbrante como el marqués de Mondéjar en los dias de córte, ó como don Fernando de Válor en cabildo; llega un apuro y los brocados y los cintillos y hasta el caballo, vuelan: de la hostería de la Cruz se viene á vivir á la hospedería del Carbon y hace su gasto diario con dos reales que yo le presto. Nunca ha llegado á deberme treinta; siempre antes de los quince dias me paga, y se vuelve á la hostería de la Cruz; ya sabeis en la plaza nueva, frente al palacio de la Chancillería.
—¿Y ahora os debe?.
—Veintiocho reales.
—Lo que demuestra que antes de apelar á vos habrá vendido todas sus prendas.