—Se me atraviesa un compromiso infernal, don Juan, dijo el morisco cuando se encontraron solos: yo me habia venido de mi retiro de Cádiar á la ligera, sin pensar en que tuviera que necesitar nada, y he aquí que me hallo en gran apuro.
Púsose encarnado hasta lo blanco de los ojos, el marqués.
—¡Diablo! ¡diablo! si fuera de noche y tuviéramos una hora de espera y un solo escudo, yo tengo una suerte insolente al juego: solo que no juego sino cuando me es de todo punto necesario dinero: el juego es un robo, si, pardiez.... y.... vamos.... no podiais haber llegado á peor ocasion; no tengo un maravedí, me podeis creer á fe de caballero, y lo que mas me pesa es que podais creer que me niego cuando.... pues.... ¡Satanás me asista..!. he aquí un compromiso mayor que el vuestro.
—¡Con que no teneis dinero!
—Esas cómicas se han bebido y se han comido mi último real de á ocho.
—¡Oh! pues ved ahí que no es dinero lo que me hace falta.
Respiró recio como si le hubieran quitado una montaña de encima al marqués.
—¿Pues si no necesitais ni espada ni dinero, que quereis de mi?
—Quiero que en el momento me vendais uno de vuestros mejores vestidos, una daga y una espada de córte.
—¡Acabáramos! me habeis dado un mal rato: esto es distinto: voy á buscar á mi lacayo Peralvillo, y al punto teneis aquí lo que querais.