—No, ha de ser ahora. Estoy seguro, de que una vez esas prendas en mi poder, huiriais de mí para no tomar su importe, con mas cuidado que de un acreedor judío.
—Lo que molesta debe terminarse pronto. Os conozco y veo que con vos no hay escape. Me debeis treinta doblones, que os juro recibir otro dia.
—No me gusta deber. Hé aquí los treinta doblones.
Y Aben-Aboo sacó de la bolsa que habia recibido á nombre del poderoso emir de los monfíes de las Alpujarras, una cantidad en oro equivalente á la suma que habia marcado, el marqués.
—No os perdonaré nunca este sonrojo, dijo este guardando con embarazo y sin mirarla, la suma que Aben-Aboo habia puesto en su mano. Es la mayor prueba de amistad que podia daros. Adios pues; ¿en donde os busca mi lacayo?
—Aquí mismo en la hospedería.
—Pues adios.
—Adios, señor marqués: hasta la tarde.
—El marqués salió apresuradamente y Aben-Aboo salió tambien de la tienda murmurando:
—¡Que noble y que franco! ¡Lástima que sea cristiano!