—¡Ah! ¡sois vos! maese rapista, dijo una mujer que llegó á punto y cuyo semblante al reflejar en el la luz del hostalero, deslumbró á Aben-Aboo por lo extraordinariamente hermoso; Dios os guarde, amigo mio; y á vosotros tambien, señores; y decidme, que tengo curiosidad de saberlo: ¿os han mandado poner ya las celosias en el aposento aquel que está cerca del tablado...? hablo de aquel aposento que tiene unos reposteros de terciopelo franjado tan ricos.
—¡Ah! ¡ah! allí sin duda debe ocultarse algun enamorado de vos, que no quiere acaso que le vean palidecer ante vuestra hermosura, y sufrir y palidecer.
—O alguna enamorada: me han dicho que en aquel aposento, han entrado una mujer y un caballero.
—¡Ah! ¡ah! os han dicho...
—Y como soy curiosa, quiero que me digan mucho mas, señor Pertiñez; por lo mismo os espero en mi aposento. Número 13. Con que hasta luego. Adios señor hidalgo, añadió dirigiéndose á Aben-Aboo, á quien durante su corto diálogo habia mirado con una extraña insistencia. Adios, maese Briviesca, añadió dirigiéndose al hostalero.
Y se alejó ligera y gentil, casi corriendo, entonando con una voz de ruiseñor una copla de entremés.
—La mejor ave de mi casa, exclamó Briviesca, pero dura de desplumar como un grajo.
—¡Oh! la cómica mas hermosa que ha desplumado hidalgos exclamó el barbero.
—¡Ah! ciertamente que es una mujer hermosísima, dijo con un acento particular Aben-Aboo: ¿Y la llaman la reina mora?
—Ya, ya vereis esta tarde como la aplauden, repuso el barbero.