—Hemos llegado al número sesenta y nueve, dijo Briviesca dando vuelta á la llave de una puerta.

Entraron en una especie de zaquizami, en uno de cuyos ángulos habia un fementido lecho: completaban aquel mueblaje de posada una mesa mugrienta, dos sillas distintas en forma, aunque iguales en lo viejas y media luna de espejo en un marco negro...

—Esto es indigno... lo conozco, dijo Briviesca.

—Esto es muy bueno, dijo Aben-Aboo: haced que suban mi maleta y que me traigan agua para labarme. Vos, maese Pertiñez, venid despues á afeitarme. Por ahora dejadme solo.

—Y decís bien; aunque me hubiérais necesitado en el momento, os hubiera suplicado me dejaseis libre para ir á ver que me quiere la reina mora.

—¿Quiere algo mas vuesamerced? dijo Briviesca.

—No, únicamente mi maleta que está en mi caballo á la puerta de maese Pertiñez, y una taza de caldo de gallina.

—¿Y vino?

—No bebo vino, ¡ah! maese Pertiñez: haced que cuiden á mi caballo.

—Muy bien; descuidad por vuestro caballo.