—¡Ah! si viene preguntando á vuestra casa por mí el criado del capitan...

—Por supuesto, le enviaré. Que Dios os guarde.

—Yd con Dios.

A penas se quedó solo murmuró Aben-Aboo, obedeciendo al encendido recuerdo que le habia dejado la comedianta:

—¡Por la piedra negra de la santa Kaaba, que todos los dias de mi vida no he visto una mujer tan hermosa! ¡La reina mora! es singular.

Pero dejando á Aben-Aboo entregado á tales pensamientos, que nada tenian de extraños en quien como él solo contaba veintidos años, edad en la que el pensamiento, por graves que sean sus cuidados, pasa con facilidad de uno á otro, sigamos aunque nos salgamos del epígrafe de este capítulo, á maese Pertiñez que adelantaba con tanta prisa como era su curiosidad, hácia el aposento número trece donde decia vivir la reina mora.

Tenia ademas en esto un grave interés el rapista: un interés puramente pecuniario; el interés que tiene por hacer un buen negocio un corredor de amores.

Era el caso que don Fernando de Válor, ó Aben-Humeya, como mejor queramos, en el momento en que en la primera representacion de la compañía de cómicos se habia presentado en la escena Angélica, se habia enamorado de ella. Al concluir la primera jornada, don Fernando, segun costumbre admitida en aquel tiempo, habia ido á la puerta del apartado donde se vestian las cómicas, solicitando entrar para saludar á la dama. Pero Godinez, que era al parecer un hombre como de treinta á cuarenta años, cegijunto, enérgico, y un si es no es altivo, le dió con la puerta en las narices diciéndole: que en su compañía no estaban en uso aquellas costumbres y que las damas tenian casas donde ser visitadas.

Don Fernando, pues, se volvió, echando ternos inútiles, y hubo de contentarse con arrojar á Angélica el joyel de diamantes de su gorra, en el momento en que el entusiasmo público enviaba una salva de aplausos á la comedianta.

Al dia siguiente, se presentó en la hospedería, preguntó por el número de la habitacion de la dama y sabido este llegó á la puerta y llamó. Abrióle una doncella, que contestó á la cortés demanda de don Fernando, con que su señora estaba enferma y no podia recibir á nadie.