Pertiñez abrió tanto ojo: aquellos muebles á todas luces no pertenecian á maese Bribiesca, que era miserable y raquítico con sus huéspedes.
—¡Ah! ¡ah! exclamó el rapista: ¿sabeis, señora, que debe de llevaros un sentido por todo esto ese ladron de Bribiesca?
—¡Ah! dijo Angélica, no os he llamado para eso: sentaos.
Y le señaló un magnífico sillon.
—Pero ved, señora, que voy á dejar inservible este hermoso terciopelo de Utrech.
—¿Y que os importa? dijo con impaciencia la comedianta.
—¡Ah! ¡ah! los barberos nos estamos restregando continuamente con toda clase de vichos grasientos: ¡qué vida la nuestra!
—¿Me vais á contestar en verdad á lo que os pregunte maese? le dijo Angélica sin escuchar sus últimas palabras.
—Os contestaré á todo lo que querais y á mas de lo que querais, hermosa señora, contestó el rapista.
—Decidme, continuó Angélica, inclinándose hácia Pertiñez, sobre uno de los brazos de su sillon, y con el acento ardiente y ansioso: ¿por qué está cubierto con celosías el primer aposento del lado derecho de la escena?