—¡Ah! eso es lo que no podré deciros: por un capricho: lo que sé es que quien ha tomado ese aposento tiene licencia de la Inquisicion y de la Chancillería para tenerle cerrado.
—Bien: ¿pero me podreis decir quienes son las personas que ocupan ese aposento?
—Las personas son un hombre y una mujer.
—¡Ah! ya sabia yo que habia por medio una mujer; no me habia engañado.
—Y, permitidme, señora, dijo sonriendo sutilmente el hombrecillo, si me entremeto en lo que no debo: ¿qué razones teneis para pensar que haya una mujer tras de las celosias?
—Tengo tres razones poderosas, tres razones de mucho valor que hablan por mí. Vais á ver.
Angélica se levantó, fué á una especie de secreter de ébano, marfil, concha y plata, le abrió y sacó de él un cofrecillo, con el cual fué á sentarse en el sillon: cuando abrió aquel cofrecillo, se deslumbró el barbero, y sus ojos casi se saltaron de codicia: tal le habian deslumbrado las joyas que en el cofrecillo se encerraban.
—Escuchad, dijo Angélica y como si nada la interesasen aquellas joyas; vos habeis visto la comedia que hacemos.
—¿Pues no he de haberla visto? contestó maquinalmente el rapista que no quitaba ojo de la pedreria.
—¿Recordais el momento en que Xarifa, la reina mora, jura vengar la muerte de su padre el rey Mirtilo?