—Si, si señora; asi le llaman los moriscos, del mismo modo que llaman á don Fernando de Válor Aben-Humeya.
—¡Aben Aboo! ¡Aben-Humeya! repitió Angélica.
—Y si supiérais, dijo envistiendo de frente el rapista, cuán loco, cuán enamorado por vos está don Fernando de Válor.
—¡Qué está enamorado de mí!
—Cómo que me ha ofrecido no sé cuantas riquezas, si consigo de vos que le permitais hablaros una sola vez.
—¡Ah! murmuró Angélica; y reponiéndose, añadió: hablemos de la dama: vos cobrais los alquileres de la casa donde vive.
—Es verdad; pero jamás paso de un aposento del piso bajo, donde me recibe y me paga el mayordomo.
—Vos habeis revendido ese aposento cerrado á esa familia.
—Es verdad.
—Debeis, pues, haber visto á esa dama.