—¡Dádmela!
—Cuando me hayais entregado la llave.
—Pues dentro de una hora.
—Pues hasta dentro de una hora.
Pertiñez salió contando ya en su imaginacion los brillantes doblones, que esperaba recibir de Aben-Humeya á cambio de la cita de Angélica, y esta se quedó murmurando:
—¡Aben-Humeya! ¡Aben-Aboo! ¡el uno me solicita loco de amores, y el otro ha palidecido al verme por la primera vez! Creo que al fin encuentro el principio de mi camino.
CAPITULO VI.
En que continúa un asunto suspendido en el anterior.
Aben-Aboo se paseaba impaciente en el chirivitil, donde le habia establecido maese Bribiesca: habíanle llevado el agua, el caldo y la maleta; se habia lavado y mudado de ropa blanca, pero ni maese Pertiñez se habia presentado á rasurarle, ni el lacayo del marqués de la Guardia, el aun para nosotros desconocido Peralvillo le habia traido el trage anhelado.
Aben-Aboo impresionable, como todos los hombres de la raza de que era hijo, tenia en la cabeza un hervidero de impresiones tentadoras; un volcan en una palabra; pensaba á un tiempo en Aben-Humeya, que le arrancaba la corona con que habia soñado; en la Dama blanca de la montaña, en la inquilina de la casa de San Miguel, y por último, flotante como una nube blanca y transparente sobre un celaje ennegrecido, la magnífica mujer, la cómica, que habia visto un momento al reflejo de la luz de maese Bribiesca en el oscuro corredor de la hosteria.