—Buscando una llave que sirva para abrir la puerta del aposento.

—¿Estais en vos?

—Sé que os pido un gran servicio, pero os lo pagaré.

—¡Cómo!

—Dándoos una carta de cita para don Fernando de Válor.

Alegróse en lo íntimo de sus entrañas el barbero, pero se mantuvo firme.

—Me pedís una cosa muy arriesgada para mí, señora. Yo puedo proveeros, á cambio siempre de esa cita con don Fernando, de un medio mejor y menos expuesto; porque al fin, si os doy la llave y entrais, y esa dama no es la que creeis...

—¿Y qué medio es ese?

—El señor Diego Lopez Aben-Aboo, dijo con acento de misterio el barbero, está convidado á comer con ella, y va á vivir en su propia casa.

—Esa mujer será capaz de comer con antifaz, y de hablar á oscuras con Aben-Aboo. La llave, la llave, maese Pertiñez, y por la llave del aposento de esa mujer, os doy una cita al mio para don Fernando de Válor.