CAPITULO VII.

De como hasta el fin del capítulo no pudo sacar nada en claro Aben-Aboo acerca de sus inquilinos.

A punto que daban las doce, llegaba Aben-Aboo, bizarramente vestido con un trage de brocado escarlata, calzas de grana y zapatos acuchillados, á la puerta de la casa de don Alonso de Fuensalida, ó, por mejor decir, de su casa.

Al atravesar la ciudad habia observado profundamente el aspecto de ella y nada habia encontrado de extraño: era muy posible que los tercios estuviesen renuidos, instalados en consejo el cabildo y la Chancillería y que se hubieran tomado algunas precauciones; pero las gentes iban tranquilamente por la calle como de costumbre, salian de oir misa de las iglesias multitud de damas ataviadas como la que va á misa tarda para ser vista, y muchos soldados alféreces y capitanes, andaban, á su paso, y á sus negocios, como si absolutamente no amenazara ningun peligro.



Acercáos, don Fernando, acercáos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa...

El acontecimiento, pues, de aquella mañana en las casas consistoriales habia quedado completamente aislado.