Aben-Aboo, se entró por el zaguan, y pidió á uno de los lacayos que vagaban por él, le anunciase á su señor.
Inmediatamente aquel hombre le introdujo, precediéndole para guiarle por unas anchas escaleras de mármol, alfombradas en el centro y unos corredores, alfombrados tambien, á una antecámara y una cámara donde le salió al encuentro un caballero como de cuarenta y seis años, enteramente vestido de negro, de fisonomía enérgica, y hermosa.
—El señor Diego Lopez, á quien esperaba vuecencia; dijo el lacayo á penas vió á su señor, retirándose en seguida.
—Bien venido seais, caballero, le dijo el señor excelentísimo á Aben-Aboo, y tanto mas, cuando mi hija y yo empezábamos á estar cuidadosos por vos.
—¡Oh! permitidme que me enorgullezca de haber sido el objeto del cuidado de esa hermosa señora.
—Nada tiene esto de extraño caballero, cuando mi hija doña Inés os debe muchas atenciones.
—¡Atenciones!
—Sí por cierto: cuando tuvísteis la complacencia de cedernos vuestra casa...
—Decid la necesidad, señor don Alonso: si yo no hubiera venido á la pobreza en que me hallo...
—No hablemos de esto, sois pobre por que sois honrado, y la honra es el primer caudal de un hidalgo. Dejadme ahora probaros como os debe atenciones mi hija. Cuando supísteis que venia á vivir á vuestra casa una dama, vos, que del ajuste de arriendo habiais exceptuado cuatro habitaciones, que eran para vos un santuario, las que habia vivido vuestra madre, habitaciones que debian permanecer cerradas, os apresurásteis á ofrecerlas á mi hija para su uso. Doña Inés aceptó con placer vuestro ofrecimiento, ha vivido en esas habitaciones y ha aspirado el perfume de santidad, de sufrimiento, de dulzura que en ellas ha dejado vuestra madre. Doña Inés vive en la misma habitacion en que vivió vuestra madre, Aben-Aboo.