—¡Ah! ¡sabeis mi nombre!

—Porque lo sabemos; porque sabemos que sois primo hermano de Aben-Humeya, que ha cometido hoy, arrastrado por su mocedad y por su imprudencia uno de los mayores desaciertos que pudiera haber cometido, estábamos con cuidado por vos.

—¿Con que sabeis?

—¿Y quién no sabe los pensamientos de los moriscos? Sábelos el capitan general, el presidente, el corregidor... y como vos sois tambien morisco...

—Pero vasallo leal del rey nuestro señor, aunque no me haya honrado tanto como á mi primo hermano don Fernando de Válor, dijo cubriéndose de la mayor reserva Aben-Aboo, por que no sabia el terreno que pisaba.

—¿Y cómo andais Aben-Humeya y vos?

—Nos tratamos como buenos parientes, pero nos vemos poco: él vive generalmente en Válor con su madre doña Elvira, y yo vivo con mi madre en Cádiar, cuidando de unas tierrecillas que nos han quedado.

—¿Y cómo se encuentra vuestra buena madre? Yo la conocí antes de que os diese á luz y era una doncella hermosísima, dulce, sufrida; un ángel en una palabra. Baste deciros que estuve enamorado de ella, y que bien hubiera podido ser que nos hubiésemos casado. A veces una casualidad dispone del porvenir de dos personas: pero no hablemos mas de esto, porque no debe hablarse de las cosas pasadas. Y puesto que ya os tenemos aquí, vamos á tranquilizar á mi hija.

—Una palabra, don Alonso, una sola palabra: desde que recibí vuestra cortés invitacion para venir á vuestra casa, bajo pretexto de que era mia, estoy luchando con la duda de quién habia podido deciros que yo estaba en Granada, cuando me he venido solo, á la ligera y á mata caballo desde mi atalayuela de Cádiar, sin avisar á nadie.

—No lo extrañeis: me ha avisado maese Pertiñez.