Tres sillones estaban colocados delante de la celosía: sentóse en el de la derecha doña Inés, en el del centro Aben-Aboo, y don Alonso, despues de haber cerrado la puerta del aposento con la llave que le entregó un lacayo, se sentó en el sillon de la izquierda.

Solo entonces y cuando estuvo segura de que de nadie podia ser vista mas que de Aben-Aboo y de su padre, se despojó doña Inés de su velo, dejando descubiertos ante Aben-Aboo, tesoros de hermosura en los redondos hombros, y en el seno cuasi cubierto por un exagerado descote.

Aben-Aboo estaba en malas condiciones para consagrarse á la observacion de lo que pasaba, de lo que se veia mas allá de doña Inés; pero nosotros que no estamos enamorados ni dominados por las pasiones que Aben-Aboo, podemos salirnos de aquella especie de cajon en que estaban encerrados los tres personajes, y dedicarnos á la contemplacion del aspecto que presentaba el corral.

Tres de sus lados mostraban sus ventanas y corredores henchidos de damas, aderezadas, pintadas, ó afeitadas, como se decia entonces, luciendo su desnudez á pesar del frio; entre las damas cubiertas de plumas y de relumbrones, caballeros jóvenes, maduros y viejos, no menos enjalbegados y aliñados muchos de ellos, mas que las mujeres: en un aposento grande, al frente, se veia el tribunal del Santo Oficio de la Inquisicion; en otro al lado, el capitan general y sus tenientes y oficiales; mas allá el aposento de la Chancillería, y luego el de la ciudad: todos estos aposentos tenian en sus balaustradas, asi como los ocupados por las damas y caballeros particulares, ricas colgaduras de seda ó de terciopelo, del color y con las armas que correspondian á cada corporacion ó familia, lo que, siendo muchos los colores y harto diferentes los blasones y las empresas, formaba un peregrino contraste: solo habia una colgadura ó repostero que no tenia armas ni empresa; pero en cambio era tan rico, tan recargado de oro y adornos, que valia él solo por todos los del corral: este repostero era el del aposento del llamado don Alonso de Fuensalida.

Descendiendo al patio, allí era tambien grande la variedad de colores, cintas y preseas: ocupaban las sillas hombres, en general, y algunas damas galantes en la delantera junto á los músicos: á medida que las sillas estaban mas lejos de la escena, era menor el lujo de los que las ocupaban, y al fin, allá en último término, estrujándose, apretándose, pisándose, apostrofándose, produciendo un ruido infernal, estaba la gente de á pié, compuesta de hidalgos pobres y de gente valdía.

El cuarto lado del corral, estaba enteramente ocupado por el escenario y por los tapices que encubrian los cuartos provisionales donde se vestian los actores: el escenario, propiamente dicho, formado por dos pabellones de damasco rojo y un tapiz de Flandes, sobre un tablado de una vara de altura, estaba inclinado notablemente hácia la derecha, y de tal modo, que el aposento mas cercano á él, era el de la celosía.

Esto tenia sus razones sin duda, pero los que ocupaban los aposentos y la sillas de la izquierda, se quejaban con razon, porque desde sus puestos no podia verse bien lo que pasaba en el escenario.

El cielo estaba radiante y despejado, y como ya eran las dos largas de la tarde, el sol iluminaba únicamente la parte alta de la pared oriental del patio.

Apenas habia entrado en su aposento don Alonso de Fuensalida, con su hija y su huésped, cuando, como si solo hubieran esperado su llegada, rompieron las guitarras de la música, acompañadas de trompetas y tambores, que se habian llevado porque la comedia era de moros y cristianos, y habia, por lo tanto, que tocar al arma. Todos estos instrumentos juntos, mal tañidos y peor concertados, formaban un estrépito infernal, que solo podia ser tolerable por la costumbre, y sobre todo, por lo corto de su duracion. Concluida aquella especie de obertura salvaje, se corrió la cortina, quedando descubierto un espacio cuadrado, formado por tapices, y salió el bobo, vestido de pastor, con zurron, cayado y pellica.

Nuestros lectores nos permitiran que les demos una idea de lo que era una representacion teatral en aquellos tiempos, en que el arte escénico estaba en su infancia: ya hemos descrito la manera como se adornaban los corrales en que estas representaciones se hacian: réstanos decír, en cuanto á la parte material, que no habia decorado, sino muy raras veces, representando generalmente los cómicos entre cortinas ó tapices, tras los cuales aparecian ó desaparecian por una abertura, según que lo requeria la marcha del asunto: representaban de memoria y sin apuntador, y su declamacion era un tanto cantada, armónica, particularmente en las obras en verso. En cuanto al órden de los espectáculos, vamos á presentar, como muestra, el de la funcion que iba á representarse aquella tarde en Granada por la compañía del famoso Cisneros.