Cuando entró Pertiñez, Angélica se levantó sobrexcitada.
—¡Gracias á Dios que habeis venido! le dijo. ¿Traeis la llave del aposento de las celosías?
—Es que... me habiais prometido otra llave, que ya no sirve, porque don Fernando de Válor...
—Sí, si: ya sé que don Fernando ha hecho una de las suyas y anda huyendo; pero no importa, dad mi llave al señor Diego Lopez.
—Pero el señor Diego Lopez, no me pagará...
—Acabárais de una vez; os pagaré yo. Tomad mi llave, añadió sacando una de su limosnera, y esta carta para el señor Diego Lopez. Dadme la llave del aposento de la dama encubierta.
—Pero...
—¡Ah! me habia olvidado de que era necesario pagaros: tomad.
Y se quitó su magnífico collar, que no le hacia falta, porque su cuello desnudo era mas hermoso.
—Pero... repitió Pertiñez.