Un dia que, de vuelta de un paseo por el campo, pasábamos por una estrecha calleja del Albaicin, don Juan me convidó á subir á casa de un pintor su conocido.
Aquel pintor era Antonio del Rincon.
Subimos á una torrecilla donde Rincon pintaba sus cuadros, y lo primero en que reparé, entre una multitud de santos, cristos y vírgenes, fue en esa tabla que estaba puesta junto á una ventana y herida de lleno por la luz.
En el tiempo que estuvimos allí, no separé la vista de aquella tabla: un poder misterioso é irresistible me arrastraba á la mujer que en ella estaba representada.
Salimos de allí don Juan y yo, y al dia siguiente volví solo á la casa del pintor. Aquella noche, á mi despecho no habia dormido; ni un solo momento se habia separado de mí el recuerdo de la hermosa castellana. Cuando entré en la habitacion del pintor el retrato estaba en el mismo sitio.
—¿Quien es esa dama, si es que podeis decirme su nombre? pregunté á Rincon despues de algunos minutos que estuve hablando con él de cosas indiferentes.
—Esa dama caballero, me dijo, es doña Ana de Córdoba y de Válor, y me extraña que no la conozcais por que al veros aquí con su hermano don Juan no pareciais sino grandes amigos.
—En efecto lo somos, pero nunca he visto á doña Ana.
—Es doña Ana muy recatada.
—Y decidme, añadí rompiendo por todo: ¿tendriais dificultad en venderme ese retrato?