—No os le venderé, dijo, pero os le cambiaré.

—Cambiarle, ¿y por qué?

—Por vuestro retrato.

Maravillóme el precio que ponia á su venta Antonio del Rincon.

—No os extrañe esto, me dijo: sois un hombre poderosamente hermoso (no hago mas que repetir las palabras del pintor, observó Yuzuf, cuya modestia no era fingida) teneis un semblante sumamente noble, los cabellos y la barba negra, brillantes los ojos, tersa la piel, y apenas demostrais treinta años.

—Pues os engañais, amigo mio, le dije; me acerco ya á los cuarenta.

—Bien podrá ser, pero desde el momento en que os vi me dije: he aquí que me contentaria mucho que ese caballero me mandase hacer su retrato: os pareceis mucho en lo grave y en lo pensador á mi señor el serenísimo rey don Fernando. Habiendo concebido ese deseo, ya comprendereis que aprovecho la ocasion de que vos deseis poseer el retrato de doña Ana de Córdoba para proponeros un trueque.

—Acepto con sola una condicion, le contesté, ó por mejor decir con dos condiciones.

—Sepamos.

—En primer lugar, habeis de procurar que don Juan no sepa que yo poseo este retrato, para conseguir lo cual hareis otro exactamente igual y se lo entregareis como si fuese el mismo.