—¡En Granada Aben-Aboo! ¿y qué quiere aquí mi amado primo? ¿pretende acaso, suscitarme dificultades?
—Todo está preparado para esta noche: se ha guardado un gran secreto pero la venida inesperada de Aben-Aboo, cuando estaba descuidado en las Alpujarras, demuestra que entre nosotros hay traidores.
—¡Traidores! exclamó con sarcasmo el primer embozado: ¡es verdad! hace mucho tiempo que viven entre nosotros: allí ha vivido el primer traidor de nuestro pueblo... y señalaba la distante Alhambra; allí en medio de un vergonzoso silencio, firmó las capitulaciones que entregaban á Granada á sus verdugos los cristianos. Pero el Altísimo fue justo, y el traidor, el miserable, el cobarde Boabdil, fué á morir allá, al otro lado del mar, defendiendo una corona agena, él, que no supo defender la suya.
—No es hora de largas pláticas, dije el otro: monta á caballo y marcha al Panderete de las brujas.
—Te confieso que voy con repugnancia á ese lugar maldito.
—Te espera en él la Dama blanca.
—¡Oh! ¡la Dama blanca de la montaña! es verdad. Adios.
—No te olvides, de que á las doce debes estar en la taberna de San Miguel.
—No lo olvidaré. Adios.
Y el segundo embozado se rebozó y se alejó y se perdió en el descenso del monte hácia la cerca de don Gonzalo.