El otro montó á caballo, le arrimó las espuelas y á buen paso, ya al trote ya al galope, adelantó por un sendero, estrecho pero llano, que en direccion al Norte orlaba la falda del monte de Santa Elena.
Muy pronto llegó al camino de Guadix y al mismo sitio donde ahora se levanta una venta ó parador; atravesó el camino, descendió por un sendero mas estrecho, bajó á un barranco, le recorrió, trepó á una loma y subiendo asi y bajando los repechos de algunas colinas, llegó al fin á un terreno practicable y llano, que se perdía en medio de viñedos.
Despues de haber recorrido por él una distancia como de tres tiros de arcabuz, detuvo su caballo al pié de una colina árida y cónica, que parecia un lunar, una escrescencia maldita en medio de la vigorosa vegetacion que le rodeaba. Aunque de poca altura la colina, el sendero que conducia hasta la cima era escarpado, y no se veia en todo la colina ni una mata, ni un arbusto, ni aun una retama.
—¡El Panderete de las brujas! dijo el ginete con cierto terror supersticioso.
Y aquel hombre, que de una manera tan hostil habia hablado de los cristianos, se santiguó de la manera mas cristiana del mundo, despues de lo cual hechó pié á tierra, y adelantó hácia la colina llevando el caballo del diestro.
Pero á penas habia andado algunos pasos, como si hubiera salido de la tierra, se levantó de detrás de una peña una sombra blanca; aquella sombra, que parecia un hombre, ó aquel hombre que parecia una sombra, llevaba la misma armadura y demás ropas, que usaban los ginetes moros del tiempo de la conquista de Granada.
—Poderoso, señor, dijo aquel hombre dirigiéndose al incógnito, no te cuides de tu caballo: yo te le guardaré.
Sintió el embozado vergüenza de demostrar miedo, y aunque el lance se le hacia extraño y desagradable, entregó su caballo á aquel bulto blanco y sin decirle una palabra siguió adelante.
Apenas se habia aventurado por el escarpado sendero que conducia á la cumbre, se levantó de un costado otra sombra blanca, y sin decirle una palabra, siguió delante de él á gran paso. Las pisadas de aquel hombre crugian como si hubiera ido armado de punta en blanco.
Una vez allí, el incógnito, por la misma razon que antes, esto es por disimular el miedo, continuó hácia la subida de la colina, pero no sin llevar la mano derecha á la empuñadura de su espada, ni sin invocar fervorosamente el nombre de Dios.