A poca distancia apareció una tercera sombra que siguió á la segunda en silencio.
—¡Será hoy sábado! pensó con terror el embozado: pero instantáneamente desechó este terrible pensamiento: era domingo, dia en que las brujas no podian tener conventículo.
A medida que adelantaba en el ascenso se iban levantando de entre las peñas y quebraduras que flanqueaban el sendero, nuevas sombras: cuando llegaron á la cumbre el encubierto habia contado veinticuatro.
La figura de la cumbre justificaba el nombre de la colina: era enteramente redonda y perfectamente plana, como la superficie de un pandero; en cuanto á su calificacion de Panderete de las brujas la justificaba el ser pública voz y fama que en aquel lugar se reunian todos los sábados á celebrar sus conventículos las brujas residentes en diez leguas á la redonda.
En medio de la cumbre habia un casuco arruinado y desvencijado, en donde segun fama, los demonios levantaban su trono á Lucifer, siempre que se celebraba una de aquellas negras, misteriosas y reprobadas festividades, en cuyo trono se sentaba el espiritu de las tinieblas, disfrazado bajo la forma de un macho cabrío.
El Santo Oficio de la Inquisicion, como era natural y forzoso (y perdónennos nuestros lectores si por un momento les detenemos en la prosecucion de la aventura en que se hallaba tan misteriosamente empeñado el incógnito). El Santo Oficio decimos, no habia podido escuchar con indiferencia rumores tan alarmantes á la pureza de la religion y de las costumbres de los dominios de la cristianísima España, y se habia trasladado, representado por un exorciente, un maestro en teología, un familiar y algunos soldados, en el lugar sobre que recaia una tan grave acusacion pública. Desde el momento la esterilidad de aquella colina en medio de unos campos tan fértiles, lo escabroso de la subida, y, sobre todo, lo ennegrecido, aportillado, feo y verdaderamente infernal, en cuanto al aspecto de aquel casucho medio arruinado, hicieron concebir á los delegados del Santo Oficio, grata esperanza de descubrir un filon de brujos y brujas con las cuales hacer un magnífico auto de fe en que la justicia de Dios resplandeciese, tostándolos á fuego lento: pero fuese que las brujas estuviesen avisadas, ó que les diese en las narices el olor á tizon del Santo Oficio, ó que el vulgo se hubiese engañado, como es mas verosimil, hallaron que la casa estaba abandonada, y desmoronándose lentamente, sin visos de haber tenido habitantes hacia muchos años. No satisfechos aun, esperaron á un sábado y á la hora de las doce en punto, con la intencion, como quien dice, de sorprender al infierno, república terrible contra la que, á pesar de su formidable poder, no tenia medio alguno la Inquisicion y aunque llevaron dobles exorcizadores, y calificadores, y aspersadores, nada hallaron en sábado que lo mismo que habian visto de los demás dias de la semana: la luna clara y diáfana alumbraba en paz el Panderete de las brujas y ni estas parecieron, ni se vió una sola hoguera, ni la mas ligera señal de ceniza, ni aun siquiera el mas leve olor á azufre ni á demonio: sin embargo de esto recelando la Inquisicion que las brujas hubiesen conocido de antemano su ida y se hubiesen abstenido de concurrir por no ser cogidas in fraganti, repitieron sus visitas diferentes sábados: pero siempre encontraron el mismo resultado: soledad y silencio, y algun paredon menos, arruinado por las lluvias ó por los vientos.
Limitóse, pues, la Inquisicion, á garantir el lugar calumniado de todo acto contrario á la religion, bendiciéndole y gastando en él una caldereta de agua bendita, y celosa de que en su jurisdiccion no hubiese lugar manchado con fama tan nefanda, condenó con terribles censuras, excomuniones y castigos á todo el que se atreviese á llamar de allí en adelante á aquella colina el Panderete de las brujas. A pesar de esto, el vulgo siguió en su tema, creyó únicamente que el diablo se habia burlado de la Inquisicion, y siguió, aunque recatadamente y en voz baja, dando su nombre maldito á la colina, nombre que se ha conservado por tradicion hasta nuestros dias; puesto que aquel lugar se llama hoy y se llamará mañana, y probablemente pasado mañana tambien, el Panderete de las brujas.
Conocido el lugar de la escena, sus antecedentes y la razon de su nombre, volvamos al embozado.
Sostenido por el orgullo mas que por el valor adelantó hácia la casa arruinada á cuya puerta desguarnecida se agrupaban los veinte y tres fantasmas que le habian precedido hasta allí; se detuvo á alguna distancia de ellos y dijo con voz serena:
—Ignoro quiénes sois y vuestras intenciones; pero aquí me llama un empeño, y no veo á la persona que busco. Está acaso en esas ruinas.