—Pasad, poderoso señor, dijo uno de aquellos hombres haciendo al mismo tiempo señal á sus compañeros que abrieron una estrecha calle.
El embozado pasó y se encontró en un espacio lóbregamente oscuro.
No sabiendo á dónde encaminarse se detuvo.
—Seguid, seguid adelante, señor, dijo uno de los hombres que estaban á la puerta, y cuando hayais andado diez pasos volved á vuestra diestra mano.
El incógnito siguió forzando su valor artificial por decirlo asi; á los diez pasos se volvió á la derecha y vió al fin de una galeria, el resplandor de la luna que iluminaba de lleno un patio cubierto de escombros, en medio de los cuales se levantaba una sombra blanca de mujer, de pié é inmovil; mas allá todo era sombra y aquella forma gentil, se destacaba sobre ella, con el mismo prestigio fantástico que si hubiera tenido tras sí la eternidad.
El embozado adelantó con el corazon violentamente agitado; la Dama de la montaña, porque sin duda era ella, se le presentaba de la manera mas extraña del mundo.
El incógnito adelantó hácia la sombra y se detuvo al entrar en el patio.
—Acercaos, don Fernando, acercaos, dijo con una voz sonora, grave y afectuosa la mujer vestida de blanco; estais haciendo esperar á una dama.
—Perdonad, dijo don Fernando, adelantando mas y descubriéndose con suma galantería, accion que dejó ver á la luz de la luna que su frente era noble y altiva: perdonad; pero la situacion en que me encuentro...
—Cubríos, don Fernando, y sentaos: necesitamos hablar durante un largo espacio y no es justo ni quiero, que sufrais al descubierto el frio de la noche ni que os fatigueis.