Y señaló á don Fernando el brocal de un pozo cegado, sentándose al mismo tiempo en el.

Don Fernando fue perdiendo poco á poco su terror; y es que es muy difícil sentir terror junto á una buena moza. Lo era la encubierta (y decimos la encubierta porque tenia sobre el rostro un antifaz de seda blanco) de una manera exagerada. El celoso antifaz no impedia que se viesen su boca, su barba y su cuello; cada una de estas partes era perfecta, y de una morbidez incitante: anchos y redondos sus hombros, alto y puro en las formas su seno, sobre el que descansaba uno como amuleto, pendiente de un collar que, sin duda por un contraste caprichoso, era negro como el ébano; esbelto y gentil su talle, del cual descendia en ancha plegadura, la flotante y vaporosa falda de brocado blanco, larga hasta tocar sobradamente el suelo: sus manos eran manos de dama, y la parte de sus brazos que se veia entre una nube de encages de Flandes habian logrado fijar las miradas de don Fernando á pesar de lo extraño de la aventura.

Se nos olvidaba decir que á través de las dos averturas del antifaz, brillaban dos ojos negros y de enorme tamaño, fijos de una manera tenaz y profunda en don Fernando, y que, escapados sin duda de entre la toquilla y el antifaz, se veian algunos rizos sedosos, pesados brillantes y negrisimos.

De aquella mujer se exhalaban á mas que su natural perfume, los que estaban de moda en aquel tiempo entre las damas, lo que sino podia tomarse como indicio de su alto linaje, bastaba á demostrar que aquella mujer estaba muy sobre el vulgo, y que nada tenia de alma del otro mundo.

A esto podria contestársenos que nadie mejor que el diablo, cuya mas grata ocupacion es tentar á los mortales, podia tomar las formas de una mujer tentadora, por hermosa, por rica y por galana. Pero nosotros creemos que á ellas para ser diablos las basta ser mujeres y que de todo es capaz el Arcángel rebelde menos de convertirse por un solo momento en mujer.

—Sé, y por ello os disculpo, don Fernando, dijo la Dama blanca cuando se hubieron sentado, qué cosas os han sucedido hoy, despues de concertada nuestra vista, que os obligan á recataros y á huir de la luz del dia.

—Sabeis...

—Si, sé por ejemplo, que esta mañana por descuido ó por intencion os entrásteis en el cabildo con la daga en la cintura.

—¿Y quién os lo ha dicho señora?

—¡Bah! ¿acaso no lo sabe todo el mundo en Granada? Nadie ha extrañado el suceso: se os conoce, por altivo y valiente, y se comprende bien que cuando otro regidor os advirtió de vuestro olvido le contestáseis de una manera violenta.