—¿Qué es eso? dijo cuidadoso don Fernando.
—Tres copias iguales de estas capitulaciones, señor, contestó el moro.
—¿Y para qué tanta copia?
—Una para vos, otra para el emir de los monfíes; otra para Sidi-Aben-Aboo.
—¡Ah! es verdad, que tambien se le incluye en las capitulaciones.
—Firmad si quereis estas otras.
Don Fernando firmó con despecho.
Entonces el mismo moro derritió cera encarnada sobre los tres pergaminos, junto al nombre de don Fernando de Válor, estampó sobre la cera en los tres el sello real de Granada, y luego firmaron como wacires, secretarios y testigos, los tres pergaminos, los veintitres moros que estaban presentes, despues de lo cual, el moro que hasta entonces habia hablado, entregó el sello real y uno de los pergaminos á don Fernando, y guardó los otros dos.
—Id á ser rey, primo mio, dijo entonces Amina; los xeques del Albaicin y los de la Vega, estaran á las doce de la noche, en la casa del Hardon, junto á san Miguel.
—¿Y vos...?