CAPITULO IX.
De cómo por el amor se olvida la amistad.
Cuando llegaron don Alonso de Fuensalida, su hija doña Inés y Aben-Aboo á su casa, que bien podia llamarse casa de todos, cuando estuvieron en la cámara de recibo, doña Inés se inclinó graciosamente hácia Aben-Aboo y le dijo:
—Os suplico, señor Diego Lopez, que me perdoneis si os dejo solo con mi padre, necesito variar de ropas... y rezar mis devociones de costumbre. Adios.
Y sonriendo al jóven de un modo que le hizo palidecer de emocion, salió.
A su vez Aben-Aboo se inclinó tambien cortesmente ante don Alonso:
—Os suplico me perdoneis, si os dejo por un momento.
—¿Teneis alguna aventura, señor Diego Lopez? dijo don Alonso con un acento de interés y de autoridad que maravilló á Aben-Aboo.
—¡Aventura! no ciertamente; pero... quisiera ver á mi amigo.
—¿A vuestro amigo...?