—Creo haberos dicho que era mi amigo el marqués de la Guardia.
—¿Estais citado con él?
—No, pero le buscaré.
—No andeis mucho por Granada esta noche; creedme á mí que soy vuestro amigo: podreis tener malos encuentros.
—¡Oh! por eso descuidad: voy siempre bien acompañado con mi espada.
—Sé que sois valiente. Sin embargo, los encuentros que podeis tener, son de aquellos en que nada vale una espada.
—No os comprendo.
—¿No sois morisco?
—Si por cierto.
—Pues bien, de seguro que los moriscos seran vigilados esta noche por la justicia.