—¡Ah! ¿y quién os ha dicho?
—Es de suponer que suceda asi, despues de lo que ha pasado esta mañana en el Ayuntamiento con don Fernando de Válor.
—Don Fernando es un imprudente.
—Paréceme que amais poco á vuestro primo.
—Mi primo es enemigo mio.
—¡Ah! esas enemistades no deben existir entre parentescos tan cercanos.
—Vos no conoceis á don Fernando; él me provoca.
—Perdonad, señor Diego Lopez; pero necesito hablaros mucho y despacio, no os detengo ahora: id á ver á vuestro amigo... pero os lo ruego, os lo suplico, no entreis esta noche en casa de ningun morisco; no nos obligueis á hacer un esfuerzo para salvaros. ¿Cuándo volvereis de ver á vuestro amigo?
—¿Quién sabe? porque el tal marqués es un loco de atar, y estando á su lado, no hay medio de ser mas cuerdo que él. Pero no quiero pasar esta noche fuera de la casa.
—Bien; á cualquier hora que vengais os estará esperando un criado que os llevará á mi aposento.