Estremecióse de placer Aben-Aboo; aquella carta no podia ser de otra que de doña Inés, de doña Inés que le habia sonreido durante la comedia; de doña Inés que se habia apoyado fuertemente en su brazo. Y si era de doña Inés aquella carta, doña Inés no era Amina, se habia verdaderamente equivocado Angélica, sus disculpas no eran fingidas; él se habia engañado tambien creyendo encontrar una intencion en el acento de aquellas dos mujeres; no, no podia ser Amina doña Inés, porque le citaba, porque una mujer no cita á un hombre jóven mas que para asuntos amorosos, y Amina no le hubiera citado porque amaba al marqués de la Guardia.

Aben-Aboo se precipitó por las escaleras, ansioso de salir de aquella casa, é ir á otro lugar donde pudiese leer el papel que acababa de recibir: al bajar por las escaleras se acordó de que en la misma calle de San Miguel, lindando con su casa, estaba la taberna del Hardon.

Atravesó el zaguan, salió, tomó la calle á la izquierda, y se metió por una puerta inmediata. Muy pronto se encontró en una sala baja, en la cual habia dos grandes rejas y un postigo que daban á un patio. Al fondo, sentado tras un mostrador y entre toneles, habia un hombre de fisonomía ruda, y enérgica, aunque franca: algunos bebedores charlaban y bebian sentados en derredor de las mesas.



Aben-Aboo.

Aben-Aboo se dirigió resueltamente al mostrador: al verle el que estaba al despacho, se puso de pié y clavó en el jóven una profunda mirada.

—¿En qué puedo servir á vuesamerced, caballero? dijo llevándose respetuosamente la mano á la gorra.