—No he amado á otra que á ella.

—Sin embargo, dicen que sois amante favorecido de una hermosísima mujer.

—¡Ah! de la princesa.

—No, no os hablo de princesas; sino de una comedianta.

—¡Ah! sí, de la comedianta Angélica: tanto da.

—Es verdad las comediantas lo son todo, princesas reinas... pero en fin ello es que pasais por su amante.

—Yo amo á esa por la otra. Estoy seguro de que donde quiera esté esa comedianta, estará la dama á quien amo. No sé por qué tengo esa seguridad, pero creo que el odio que se profesan las atrae, las junta.

—Os confieso que no os comprendo.

—Y yo os confieso que lo que pienso es incomprensible: no hay ninguna razon que lo justifique; se apoya en un instinto, en un impulso del corazon, que me grita: donde está la una está la otra.

—Pero ¿qué razones teneis para creer que doña Inés sea la mujer á quien amais?