—Habeis acompañado esta tarde á una mujer á quien amo, á quien adoro, por la que estoy loco.
—¿La que vive en mi casa?
—¿Cómo en vuestra casa?
—Habeis de saber que la casa grande de al lado es mia, y que la tengo alquilada á don Alonso de Fuensalida.
—¡Ah! perdonad; pero decidme: vos habreis visto el rostro á esa dama.
—Sin duda.
—¿Y es hermosa?
—Permitidme que extrañe, marqués, que me hagais una pregunta tal acerca de una mujer de quien os confesais enamorado.
—¡Ah! no lo extrañeis: sino es la que yo creo esa dama encubierta, no la he visto en mi vida.
—¡Ah! ¿creeis que sea una dama de la que habeis estado enamorado?