—¡Ah! no sabeis si es, eso posible, dijo el marqués; contestadme: ¿es hermosa?

—Hermosísima: tan hermosa como la comedianta, mas hermosa, porque hay en doña Inés mas juventud y mas pureza.

—¡Es jóven! exclamó el marqués que alentaba apenas.

—Como de veintiun años.

—¡Ah! ¡Dios mio! ¿Morena?

—Moreno límpido, encendido, ardiente, y para concluir de una vez ojos negros y grandes, cuello incomparable, alto y puro el seno, los labios muy rojos, y la sonrisa de ángel, pero triste y apasionada.

—¡Oh! ¡es ella! añadió levantándose fuera de si el marqués: la esposa de mi alma, mi Esperanza.

—¿Estais loco? dijo Aben-Aboo, dominando sus zelos y su rabia.

—Si, si, perdonadme, amigo mio, dijo el marqués sentándose y apoyando la frente calenturienta entre sus manos; estaba hablando como si hubiera hablado con ella.

—No lo digo por eso, sino porque os equivocais: porque esa dama que vos llamais Esperanza y que yo llamo doña Inés, no puede ser vuestra esposa ni vuestra amante, porque... en fin, no puede ser.