—No, no me engaño: es ella; ni me he engañado nunca; me lo dijo el corazon desde el momento en que la vi.

—Os digo que no puede ser, insistió Aben-Aboo: para probároslo necesito revelaros un secreto.

—¿Y creeis que yo no soy bastante caballero para guardarlo?

Aben-Aboo esperaba esta respuesta, y se apresuró á contestar:

—Para que no creais que dudo, de vuestra, hidalguia, voy á deciros el verdadero nombre de esa dama. Olvidadle despues é id á buscar con mas fruto vuestra perdida Esperanza, á quien tanto amais. Esa dama tan encubierta es una mora.

—¡Y bien! dijo el marqués con fijeza.

—Esa mora es sultana.

—Y esa sultana, insistió el marqués, es mi esposa ante Dios y mi conciencia.

—Pero... ¿sabeis la que decís...? tartamudeó Aben-Aboo.

—Esa dama á quien yo llamo Esperanza, es hija del emir de los monfíes de las Alpujarras; ya veis que no me habeis revelado secreto alguno.